¿Libertad? ¿Con un vampiro? Imposible. (CAPÍTULO 1)

–¿Eric? –preguntó un chico de piel torrada, con el flequillo de color castaño y unos ojos verdes claro. Saliendo por una puerta de cuero, entrando a un local bastante extraño lleno de gente que iba vestida al estilo gótico.

Caminaba un poco asustado entre toda esa gente tan rara, intentando encontrar al que era su amo y novio Eric Northman. La gente le miraba como si se lo quisiesen devorar con la mirada, ¿tan raro era ir vestido con una camiseta abierta por los costados y unos bermudas? Él diría que no, lo extraño era vestir con collares de pinchos, maquillaje blanco y negro con peinados estrato esféricos que le intimidaban un poco.

Como si un huracán hubiese pasado por todo el local, un hombre que le sacaba por lo menos dos cabezas, de cabello rubio peinado con un tupé corto y pálido como el hielo lo cogió del brazo arrastrándolo nuevamente hacia donde había salido.

–¡Me haces daño! –exclamó el adolescente intentado zafarse del agarre.

–¿Cuántas veces te he dicho que no salgas al Vantasia? –preguntó notablemente mosqueado.

–S…solo quería salir a hablar un momento contigo –respondió sobándose el brazo, bastante aliviado.

–Pues dime, ¿qué? –suspiró este llevándose su mano a la boca, tranquilizándose.

–Te quería decir que mañana saldré a comprar, me aburro aquí en este local durante el día. Llevo un año así.

–No saldrás, ya sabes el riesgo que hay de lo que puede pasar. No me voy a arriesgar. Ahora quédate aquí, tengo que volver a controlar el local para que ningún vampiro le clave los colmillos a un humano en medio de todos –sentenció saliendo nuevamente.

–Hola caperucita, ¿ya estás luchando por la libertad? –preguntó una pálida vampiresa, con el pelo largo totalmente rizado, con un camiseta ajustada de color rosa y unos vaqueros negros.

–Hola Pam –saludó sin emoción el chico.

Eran las cuatro de la mañana y el Vantasia acababa de cerrar, toda la gente se había marchado menos dos vampiros y un humano que estaban haciendo cosas no permitidas en la legalidad, que fueron echados inmediatamente por Pam.

–¡John, ya puedes salir! –gritó Eric sentado desde su trono.

–¿H-hola? –saludó y preguntó a la vez el chico saliendo nuevamente por la puerte.

–Acércate.

–Dime… -demandó John, arrodillándose delante de él.

–Acércate más John, parece mentira que después de un año aún sigas teniendo este respeto. Aunque me gusta –sonrió medianamente el vampiro milenario.

Así lo hizo el chico, quien al cumplir la orden del mayor fue apresado por este siendo atraído por su fuerte brazo posicionado en sus caderas, dejándolo de pie a su lado.

–Deja –dijo propinándole un beso –. de –volvió a darle otro–. Intentarlo –terminó dándole otro beso, esta vez más largo cogiéndolo del mentón aprisionando un poco al pequeño.

–Oh por dios, voy a potar –comentó intencionadamente Pam –. Me vuelvo al ataúd.

–Vamos a mi despacho –ordenó Eric levantándolo entre sus brazos.

–No…quiero dormir –pidió suplicante el oji verde, siendo ignorado por el otro quien abrió la puerta con el pie.

–Vamos, llevas dos semanas diciendo lo mismo –dijo lanzándolo al sofá de cuero negro, posicionándose encima –. Sólo ríndete John.

El poco de noche que quedaba, se basó en los mimos y caricias que propinaba el vampiro al adolescente quien intentaba seguirle el ritmo, pero le era imposible. Entregándole todo el control al otro, acabando desnudos encima del escritorio del vikingo quien se introdujo en el otro, sintiendo como se le escapaban unos gemidos roncos. Tan placenteros que los colmillos se le salían solos, instándole a morder al pequeño, quien solo se sujetaba a la espalda esperando que todo pasase.

Minutos antes de que saliera el sol, Eric dejó plácidamente dormido a su captura, su novio, su secuestrado o como lo quisiesen llamar en el sofá de cuero tapado con una manta de color blanco. No sabía cómo, ni quería saberlo pero desde hace meses había comenzado a prepararle él mismo la ropa para que se vistiese al día siguiente. Que se encontraba en uno de los armarios de su despacho.

Nunca pensó que ese chico le iba a durar más de un día en el Vantasía, cuando lo encerró para alimentarse de él y seguramente acabar matándolo para drenarle toda la sangre de hada que tenía dentro. Algo hizo frenar su impulso aquella noche, desconocía si fueron sus ojos suplicantes parecidos a los de un cachorro abandonado, su miedo o simplemente un pálpito que logró que no lo matara. Lentamente se fue convirtiendo en alguien indispensable, igual o más que su progenie Pam para él. Lo llenaba completamente, le hacía reír aunque no le gustase admitirlo y en muchas ocasiones lograba hacerlo sentir humano por momentos, una humanidad que solo sentía a su lado y que no estaba a dispuesto a perder.

En un principio decidió dejarlo a vivir en las salas continuas del Vantasía, nunca pensó en el calabozo de abajo si no que en su propio despacho. Sabía que tarde o temprano acabaría cansándolo y se desharía de él pero la cosa se alargó y se alargó, llevando ya un año encerrado ahí sin que nadie reclamara por él, o por lo menos esas informaciones no habían llegado a su fino oído. Tenía pensado en comprar una casa cerca del local, parecida a la que poseía Bill Compton para que el menor no se sintiese tan incómodo. Antes de irse a descansar, dio un último vistazo al chico que parecía un ángel al dormir.

Al amanecer sonó el reloj alarma que estaba dentro del despacho del vampiro, haciendo despertar a John, quien se sonrojó al recordar lo que acababa de ocurrir hace unas horas. Así comenzaba otro día aburrido, en el cual lo único que le podía entretener era leer alguno de los numerosos libros pertenecientes a Eric, que los había puesto a su disposición para que se distrajese, aunque después de un año ya no surtían tanto efecto.

Se vistió con la ropa que le había dejado "su novio" si es que podía llamarlo así, ni siquiera él lo sabía bien lo que era. Esta vez tocaba una camiseta abierta nuevamente por los lados, pero de color negro con unas letras blancas que ponían "Hell" en el centro y unos pantalones vaqueros de color azul. No sabía ni para qué se vestía, si pasaba casi las veinticuatro horas encerrado en ese despacho de cuatro paredes. Estaba harto, pero sabía que si desafiaba a Eric saldría mal parado, o muerto. Comenzó a leer uno de los tantos libros que triunfaban actualmente, este pertenecía a Juego de tronos por lo que había leído en la contraportada del libro.

Cuando se cansó decidió salir a la sala principal a buscar alguna bebida refrescante que beber, para acompañar las patatas fritas que se había cocinado hace un momento. En el momento que vio la puerta de salida, algo le decía en su interior de que tenía que volver a pisar fuera. Poder volver a recuperar su libertad, esa libertad que había perdido y que desconocía si iba a recuperar algún día.

Se acercó lentamente a la gran puerta para salir del local, indeciso sobre lo que tenía que hacer. Sabía que iba a tener consecuencias, pero ¿le compensaba quedarse ahí toda su vida? Cogió la llave que Eric guardaba en su despacho y abrió despacio. Cogió el pomo de la puerta para que le dejase ver la luz del sol pero…

–¡Quiero ahí John, hada o lo que coño dios sepa que seas! –gritó una mujer rubia, de pelo corto que le apuntaba con una pistola.

–Ginger…

–De verdad lo digo, juro que te disparo. Pam me ordenó de que frenara cualquier intento de escape, fuese el precio que fuese. ¡No me obligues! –Chilló nerviosa, temblando con la pistola entre sus manos.

–Tranquila Ginger, solo quería echar un vistazo, no te preocupes –dijo acercándose lentamente hacia la mujer.

–Vuelve al despacho –ordenó notablemente inquieta la rubia, quien aún le apuntaba.

–Ginger de verdad que no me iré, me gustaría ser tu amigo. Sabes que no tengo ninguno aquí y tú eres la más humana de todos… –sonrió tomándola de los hombros.

–P…por lo menos alguien aquí me toma en serio –comentó con los ojos bien abiertos, bajando la pistola.

Sin dejarla decir ninguna palabra más, John desprendió energía de hada proveniente de sus manos lanzándola contra la pared, dejándola inconsciente tirada en el suelo, mientras que la pistola había quedado a unos metros de ella.

Asustado por lo que acababa de hacer corrió hacia la puerta, abandonando el lugar atemorizado por lo que pasaría. Nunca había utilizado su poder de hada para atacar a nadie, por lo menos no voluntariamente. Corrió lo más rápido que pudo por el bosque, llegando a la carretera donde no pasaba nadie. Decidió introducirse nuevamente al bosque para que Eric no tuviera tan fácil para encontrarlo, intentaría estar fuera el máximo tiempo posible.

No sabía cómo, pero las piernas no se le cansaban de trotar. Seguramente sería por el miedo que tenía, un miedo que no podía evitar. De momento no veía a nadie perseguirlo, claro, ¿Cómo lo iba a perseguir nadie si era de día? El problema sería de noche. Corriendo lo más rápido que podía se chocó con un bulto que se cruzó por su camino, haciéndolo caer al suelo rasmillándose los codos, que empezaron a sangrarle levemente.

–¿Estás bien? –preguntó un hombre de unos treinta años, ojos pardos y el pelo dorado partido por la mitad. No era ni corto, ni largo. Y desnudo, totalmente desnudo.

–Si, gracias –respondió cogiendo la mano que le acababa de ofrecer–. Pero, ¿no eras un perro? Estoy seguro de que me tropezado con un perro –dijo confuso, un poco sonrojado por la escena intentando mirar a otro lado.

–Te habrás confundido –sonrió nervioso–. Siento lo de no llevar ropa encima, hago esto una vez al año en forma de homenaje a, bueno… tonterías, no me hagas caso. ¿eres de por aquí? No te he visto nunca.

–Será eso. No, no soy de aquí. Estoy de… visita y no sé muy bien donde estoy situado la verdad, ¿podrías orientarme por favor?

–Si claro, tengo mi camioneta a unos pocos pasos de aquí donde guardo mi ropa. Te podría llevar a Bon Temps, para que te sitúes. Si quieres. Por cierto, me llamo Sam –le ofreció un poco incómodo, por estar hablándole desnudo.

–Por favor. Yo John –sonrió él joven, quien siguió al mayor hasta su vehículo.

–¿Sabes? Es raro encontrarse a alguien corriendo en medio del bosque, y más si dice que solo viene de turista –comentó Sam conduciendo por la carretera, ya vestido con una camisa azul de cuadros y unos vaqueros sujetados por un cinturón de color marrón.

–Diría que es más raro toparse a alguien corriendo por el bosque desnudo –rió un poco John, mirando por el retrovisor. Siempre alerta, por si acaso.

–Bueno, bueno está bien. Ni yo haré preguntas, ni tú harás preguntas –dijo Sam, entendiendo que el adolescente no quería hablar del tema–. ¿Te quedarás mucho en Bon Temps? Yo arriendo unas casas, no son unas mansiones pero sirven para poder vivir tranquilamente.

–No, no sé cuánto tiempo podré quedarme aunque esa es mi intención. Pero no dispongo de dinero para poder arrendar nada, gracias igualmente –agradeció con educación.

–Hay más maneras de pagar un alquiler, poseo una pequeña taberna en Bon temps y últimamente estoy falto de camareras. Sookie viene muy pocos días a la semana y Arleen no puede servir las mesas solas. No eres una chica, pero ya acepto a cualquiera, ¿te interesaría? –preguntó mirando fijamente al frente, para no perder la vista de la carretera.

–Oh, hm…estaría bien la verdad. Solo que no sé si podré quedarme mucho tiempo, pero si lo hago cuenta conmigo. ¡Eres muy amable Sam! –sonrió alegremente, olvidándose por un segundo de todos sus problemas.

–Como quieras, de todas maneras, ¿quieres ir a verla? Podría darte de comer si quieres, estás muy delgado.

–Gracias, pero como ya te he dicho no tengo dinero –sonrió esta vez un poco más incómodo, pensando en que al final no acabó de comer las patatas fritas que tanto le gustaría tener en la camioneta en ese instante.

–Tranquilo, no me arruinaré por darte un plato de comida –dijo amable.

–Muchas gracias Sam, de verdad –agradeció esta vez levemente sonrojado.

–No te preocupes John, no es problema.

Así llegó la tarde. Los dos llegaron a la famosa taberna de Sam Merlott, quien mandó a Lafayette, quien miró de arriba abajo al invitado. A cocinar un buen chuletón al recién llegado.

–Imagino que no bebes –comentó Sam mientras se servía un cerveza para él–. Toma una Coca-cola –dijo pasándosela por la barra sacándola del mostrador.

–Gracias –agradeció mientras miraba un poco alrededor, al no ver a nadie en la taberna.

–No hay nadie porque hay un rodeo por aquí cerca, por la noche ya verás como se llenará. La gente de aquí es bastante amable, aunque no siempre. Te adaptarás pronto ya verás, bueno…eso si tenemos la suerte de que te quedes –sonrió al decirlo, desconociendo la razón por la que lo había hecho.

–Aquí está el chuletón querida preciosura –dijo en un tono bastante sensual, el cocinero Lafayette contoneándose, causando la risa del menor–. Aprovecha.

–Muchas gracias Lafayette –sonrió.

La tarde pasó bien, el bar lentamente se fue llenando hasta quedar casi todo el pueblo concentrado en la única taberna que había en el pueblo de Bon Temps. John intentaba pasar desapercibido, cosa que conseguía bastante bien ya que todos iban a su aire. Solamente de vez en cuando Sam se paraba un momento a hablar con él para que no se aburriera, habían decidido entre los dos que esperarían a ver si John se quedaba y presentarle a las camareras, si no, no haría falta.

La noche cayó en Bon Temps y John se empezó a poner nervioso, sabía que en cualquier momento podía aparecer Eric Northman por esa puerta, pero si lo pensaba más a fondo, ¿para qué se molestaría? Al fin y al cabo era solo una presa, no tenía porqué tomarse tantas molestias en volver a capturarlo, o eso pensaba él.

–John, ¿Estás bien? –preguntó el tabernero al verlo sudar.

–¿Eh? Ah si, creo que me marcharé ya. Es muy tarde –dijo parándose del taburete, pero Sam lo detuvo del brazo.

–¿A dónde irás a estas horas? No seas ilógico John, puedes quedarte a dormir en mi carabana si así lo deseas.

–No deberías tocar las pertenencias de otros –interrumpió Eric, acallando a toda la taberna. Quienes se quedaron mudos al verlo entrar por la puerta, vestido con una camiseta negra de pico, una chaqueta de cuero abierta que dejaba ver el principio de su torso. Seguido por su progenie, Pamela quien llevaba un ajustado vestido de color rosa, dejando ver sus piernas y miraba con superioridad a todos los del bar.

–¡Eric! –exclamó la rubia Sookie, quien se encontraba sirviendo una mesa.

–Por una vez esto no va contigo –escupió Pam como si sus palabras fuesen veneno, dejando anonadada a la camarera.

–Creo que tú vas a venir conmigo, ¿no es así? –preguntó Eric, cogiendo del brazo a John. Con una mirada que consiguió infundir el miedo en el joven, sabía que era una mirada de enfado. Iba a morir.

Comentarios

  1. ¡Hola!
    Me gusta.
    Se ve muy interesante, no estoy muy habituada a esta serie, la verdad me llamó mucho la atención, así que seguiré leyendo, buen inicio.
    Nos vemos.

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