El sexo no lo es todo... o si "Un conocido Bill y un desconocido Chad, ¿o al revés? (Capítulo 2)

-Mira que tenemos aquí, un zorrito pobre ha venido a verme –esa voz hizo poner mis pelos de punta, girándome a verle con su cara de…satisfacción. ¿Para qué estaba aquí?

-Hola -musité-. Estoy aquí como pediste, ¿qué quieres?

-No tan rápido, ven, acompáñame -pasó por mi lado sin hacerme el más mínimo caso, poniéndose delante mío- sinceramente pensaba que no ibas a venir.

-Muchas ganas no tenía, la verdad -confesé, mirando toda la ostentación del interior del hotel, mientras nos dirigíamos al ascensor.

No me contestó, simplemente llamó a la gran máquina transportadora de personas. El silencio se hizo incómodo, ninguno de los dos pronunciaba ninguna palabra. Él me miraba de reojo y yo intentaba no dirigir mi mirada hacia su cara de felino dominante, que intentaba devorarme.

Aún me carcomían las dudas, no sabía que hacía en este sitio, donde mi ropa no encajaba, mis maneras no encajaban, yo en si no encajaba en todo este ambiente de flores rosas y diamantes azules.

Por fin llegó, salieron dos hombres uniformados y una señora de tercera edad, bastante rellena, tapada por un abrigo de piel mientras que en sus brazos sostenía el típico perro de las celebridades, un chihuahua. Nos adentramos y vi que picaba exactamente la planta cincuenta. A veces me parecía imposible que estos edificios tuviesen tantos pisos.

-Bueno...estos días ha hecho buen tiempo, ¿no crees? -inquirí nervioso, a lo que se echó a reír-. ¿Qué pasa?

-Nada, solo que me hace gracia lo absurdo que es el intento de conversación -por primera vez noté que me miraba con gracia, como si fuésemos amigos-. No te molestes, no es nada.

Las puertas se volvieron a abrir, saliendo a un pasillo bastante largo. No habían puertas a los lados, cosa que se me hizo bastante rara. Encontramos dos entradas al final, una ponía en letras y números bien bonitos “Habitación 299” y la otra a la derecha del pasillo “Habitación 300”

-¿Esto es broma, no? -pregunté extrañado de la escasez de habitaciones.

-No, ¿por? -contestó con la misma extrañeza, mientras pasaba una tarjeta por un aparato identificador al costado del pomo. Al hacerlo, la puerta se abrió automáticamente-. Ven, pasa.

-Solo hay dos habitaciones, en toda una...dios mío -no pude continuar con lo que quería decir, eso no era una simple habitación de hotel, era gigante, innecesariamente gigante.

-Oye cuidado, que se te cae la baba. Es lo que tiene no vivir como un pobre, supongo -dijo encogiéndose de brazos.

La “habitación” se componía un suelo laminado, dos sofás grandes en el centro, puestos encima de una alfombra y una tele de plasma gigante encima de un mueble. Más atrás, antes de salir al balcón, había una mesa rectangular, bastante larga aunque solo habían cuatro sillas. Al costado estaba la típica cocina americana de modernos, con solo una encimera donde estaba todo y arriba una estantería pegada a la pared bastante ancha.

Pero eso no era todo, entre la cocina y aquél extraño intento de comedor, habían unas escaleras que daban salida a las habitaciones, suponía. Ya que solo era un pasillo largo decorado por puertas, dos en concreto. Aunque daba la sensación de que continuaba, solo que no podía apreciarlo desde la entrada.

-Esto es un lujo, no es lo normal, ¿lo sabías, no? -pregunté, aún embobado por todo aquello.

-Ya lo sé, aquí es donde me quedo cuando vengo al centro. Últimamente estoy aquí mucho, por un muchacho algo obstinado, con muchos prejuicios y valores férreos. Es algo idiota, pero no está mal, ¿te suena? -estaba claro que se dirigía a mí, me sonrojó a la vez que sentí que estaba insultándome gratuitamente.

-Nadie te lo ha pedido, si ni siquiera sé porque estoy aquí. ¿Tanto te sirven los informes que te doy? -pregunté, por curiosidad más que nada.

-No, la verdad es que son inútiles. No me sirven para nada -contestó con plena naturalidad, desajustándose la corbata color turquesa que llevaba-. ¿Quieres algo de beber? -preguntó, acercándose a la cocina. Sacó una botella de vino de la estantería, junto con un par de copas-. ¿Un vinito?

-¿Me estás diciendo que son inservibles? -lo ignoré completamente-. He arriesgado mi trabajo al máximo todo este mes, solo por un capricho, ¿eso es lo que me estás diciendo?

-Mas o menos, ¿de verdad piensas que no tengo gente más cualificada para ese tipo de temas? Creo que lo único jugoso que saqué, es que la señora Robin Carter engaña a su marido con todo ser viviente, pero no vivo de extorsionar, así que me da bastante igual -respondió sirviéndose-. ¿vas a querer o no?

-Adiós, gilipollas -bufé enfadado, entrecerré los ojos y estaba decidido a marcharme, pero al abrir la puerta vi dos gorilas llegando por el pasillo. Cubrían a una mujer, que no la pude distinguir muy bien ya que Bill me agarró del brazo, arrastrándome nuevamente hacia adentro.

-¿Eres idiota? Creo que no te han alcanzado a ver -suspiró-. Me hacen notificar cada vez que traigo visita, ya que esa cantante es una maniática de la seguridad.

-¿Esa era quien yo creo que es? -no podía ser, era una de las cantantes mundiales más famosas de la historia de la música.

-Seguramente si sea quien crees que es. No es que esté prohibiendo cosas ni nada, solo que está obsesionada. Y así se entera de quien entra y sale de mi casa, no me hace mucha gracia. Bueno igualmente tampoco iba a dejar que te fueras así como así, tengo algo que proponerte. Esta vez de verdad -su mirada se tornó seria, pero no bastaba.

-Si claro, otro trato bajo amenaza del cual después descubriré que no sirve para nada. ¿Te piensas que soy idiota? Porque si me lo creyera otra vez, si que lo sería -volví a bufar, esta vez cansado, cansado de toda esta situación.

-No, esta vez quiero contratar tus servicios de fotógrafo. ¿Para eso viniste a Nueva York, o no? -al oír “fotógrafo” mi mirada se posó en él con interés-. Anda, pero mira que atento está ahora el zorrito Sam.

-Antes de que me digas nada, ¿como sabes tanto sobre mí? Si no me lo dices, me voy. Sueltas detalles sobre mi vida que no te he dicho, hasta el momento me he callado ya que estaba bajo amenaza y coacción pero como parece que ya no lo estoy, pregunto -lancé lo más neutral que pude, ese acto de chulería me podía costar la pequeña vida que me había creado en la ciudad.

-Pensaba que no te habías dado cuenta -rió-. Bueno, hagamos un segundo trato -¿un segundo? Si ni siquiera sabía el primero-. Si cumples todo como te lo digo, prometo decírtelo.

-Bueno, primero dime cual es el trabajo.

-¿Sabes de qué va mi empresa? -preguntó volviendo a coger la copa de vino, que había dejado en la encimera. Mientras servía la otra, ofreciendomela-. Toma, la vas a necesitar. Ah no, espera... tú eres menor de edad, ¿puedes vivir solo y todo eso porque tu año natural de mayoría de edad es este, no? -preguntó agitado, retirándome la copa.

-Si, tengo diecisiete aún -respondí un poco más relajado-. ¿me puedo sentar? -señalé el sofá, pidiendo permiso.

-Claro, claro. Siéntate, soy una mierda de anfitrión. Entenderás que no tengo mucha visita, así que no estoy entrenado -se disculpó, mientras sacaba una bebida refrescante del refrigerador-. Toma, esto te vendrá mejor -la cogí, mientras él se sentaba al lado mío, apoyando su mano en el respaldo del sofá, clavando su mirada en mí.

-Gracias, bien...cuéntame -dije nervioso. Me sentía más cómodo, por lo menos había dejado de tener esa actitud de prepotente elitista que tanto me molestaba.

-Vale. Mi empresa es una sociedad que agrupa a la mayoría de discográficas de Estados Unidos, por eso tengo a los cantantes más famosos bajo mi mando. Es una relación estrictamente profesional, pero inevitablemente la fama les corrompe, les agrieta por dentro y caen en las drogas o vete tú a saber qué, a causa de eso pierdo millones y millones de inversión. Tu trabajo es vigilarlos, acecharlos y al mínimo comportamiento extraño, avisarme.

-¿Para intentar curarlos? -si lo mirábamos por ese lado, incluso era bueno.

-¡No! Para eso tienen su equipo de mánagers -rió-. Mi parte es la empresarial, sus vidas no me importan.

-Qué cruel, pero lo entiendo, ¿Y qué gano yo? Me tomará muchísimo tiempo estar persiguiendo a famosos, y por si se te olvida yo trabajo... -mascullé, cogiendo la bebida con las dos manos.

-Podría seguir amenazándote con la querella, pero es que la verdad es que me da igual. Te pagaré, por cada día doscientos y alojamiento en este mismo hotel, planta cuarenta y nueve -sonrió sensualmente, mientras se llevaba la copa de vino a los labios-. ¿te parece?

-Lo encuentro excesivo, quiero decir, que no me importa seguir viviendo en mi piso. No me malinterpretes, lo agradezco pero no es lo más apropiado... -agité mi mano, la verdad es que era una oferta muy generosa.

-No lo hago por ti, lo hago por mí. ¿Te imaginas se descubre todo esto a la luz pública? Necesito tenerte cerca, por si me traicionas. Estos días haz la tramitación para dejar ese piso, y trasládate aquí, cuando lo hagas tu trabajo habrá empezado -se terminó el vino y se acercó lento pero constante-. Ahora ya no soy tan malo, ¿no? -preguntó, agudizando su mirada sobre mí.

El tiempo se detuvo, por un momento olvidé todo lo que nos unía. Lo malo, lo bueno, ahora solo tenía delante a un desconocido que me quería besar. No sé porqué, pero lo único que necesitaba era un poco de cariño, que alguien me cubriese con sus brazos...no recibía un gesto de cariño de esa manera, desde que me fui de mi ciudad natal. Nuestros labios se unieron lentamente, compactados por un sentimiento indefinido que me estaba llenando.

-¿Hijo me oyes? -oí, despertando de mi embobamiento. Estaba en casa con mi madre al otro lado del teléfono. No podía dejar de recordar lo que había pasado la noche anterior.

-Si mamá, perdona, ¿qué me decías?

Hablábamos una vez por semana, siempre llamaba para saber como estaba. Mi madre trabajaba de profesora infantil en una pequeña escuela de Minnesota y mi padre trabajaba en la carretera, pavimentando. Éramos de clase media, y hacían una gran esfuerzo para pagarme la estancia aquí, aunque desde hace unos meses me podía sustentar por mí mismo, así he podido ahorrarles un par de cientos de dólares.

-Que he estado hablando con la señora Harris y me ha comentado que su hijo Chad está en Nueva York desde hace algunos años. Podrías quedar con él, está soltero -soltó una pequeña risa al decir lo último- dicen que es muy guapo.

-Mamá, cumplo los dieciocho en un mes, no tengo ganas de intentar ligar con nadie, ¿Atarme justo a la mayoría de edad? ¿te imaginas? No lo contemplo, aunque creo que me vendría bien conocer a alguien más, si es como amigos, claro -resalté lo de amigos, para que no se hiciese falsas ilusiones, mi madre hace tiempo había aceptado mi condición sexual con naturalidad.

-Pues tengo por aquí su número, y ya lo llamas cuando quieras. Espérame un momento -noté como dejaba el teléfono apoyado en la mesita, seguramente.

-¿Sam?

-¿Papá? Papá, ¿como estás? -pregunté ansioso, seguramente llegaba de trabajar. Pocas veces lo pillaba al teléfono.

-Bien, trabajando como siempre. ¿Tú como vas con la fotografía? -su tono era melancólico, mi padre era mi punto débil. No quería ponerme a llorar.

-¡Muy bien! Ya le he contado a mamá que comenzaré a trabajar para una agencia que colabora con famosos, así que poco a poco -reí para ocultar las lágrimas que comenzaban a salir. Les había contado que era una agencia, quedaba mucho mejor eso que decir que era a raíz de que estuvieron chantajeándome un mes.

-Me alegro mucho, cuídate. Te dejo con tu madre que me está intentando quitar el teléfono -rió él conmigo-. Adiós hijo.

-¿Hola? Ay dios mío, este hombre se pone a hablar y no para -decía revoltosa-. Mira, el número es...

El fin de semana lo utilicé para hacer la maleta, que llené con toda la ropa que tenía. Lo fácil de empezar de cero, es que con solo un equipaje te puedes mover de sitio. No tenía nada material, excepto alguna cosa pequeña.

Al final no me había atrevido a decirle a mis padres lo de que dejaba el piso de alquiler. Más que nada porque harían un sinfín de preguntas que me agobiarían y significaría mentirles más de lo que había hecho. Esperaba estar haciendo lo correcto.

-¿Te puedes creer que hayan despedido a Carla? -preguntaba Christian, en la pequeña mesa que nos sentábamos a comer nuestro sandwich, a la hora del descanso.

-Lo que me extraña es que no me hayan despedido a mí -suspiré-. Me da pena la verdad, era maja.

-Por lo menos tenía otro trabajo de dependienta y podrá seguir tirando, pero que asco de Ron, podría haber esperado. Con lo bien que va la cafetería, seguro era para subirse el sueldo o algo así, verás... -se notaba que lo decía con rabia, ninguno de los que trabajaba en el Charlotte's se llevaba bien con el gerente, pero todos teníamos que aguantarlo.

-Pero hay que aguantarlo Christian, no tenemos otra opción. Ya bastante difícil es entrar a trabajar aquí -no sé si eso lo dije porque era toda la verdad, o por sentirme un poco celoso al oír a mi amigo hablar así de una mujer.

Aquél lunes había sido bastante rutinario, algunas caras ya las empezaba a conocer y me dejaban más propina. Por esa parte bien, la mala era caminar desde la cafetería hasta el New York Palace, estaba bastante lejos y no me podía permitir un taxi. No podía dejar de sentirme extraño al entrar en el hotel, la gente me miraba extrañada, y normal... yo si fuera de esa clase tan altiva, seguramente también me extrañaría ver a alguien tan corriente como yo entrar por uno de los hoteles más caros de Nueva York.

Subí en el lujoso ascensor y era un auténtico suplicio aguantar las miradas durante cincuenta pisos de altura, pero bueno, al adentrarme en aquella habitación que había reservado Bill para mí, se me pasaba todo. Era de las típicas habitaciones que tienen un baño con hidromasaje, y la pared de donde estaba mi deliciosa cama se componía de un cristal que daba a toda la ciudad. La cama era el triple de lo que era la de mi antiguo piso y había una pequeña mesa escritorio, que servía para el uso que uno le quisiese dar, supongo.

Me di una ducha bastante relajante, descubrir esos chorros masajeantes había sido de lo mejor que le había ocurrido a mi cuerpo últimamente. No sabía si llamar al tal Chad, seguramente le habrían contado mil cosas de mí que no serían verdad. Mi madre estaba ansiosa por que consiguiera un novio, para que no estuviese solo en esta ciudad, así que me daba un poco de miedo la imagen que tendría de mí.

Decidí coger el móvil del año de la prehistoria y lo llamé, no tenía nada qué perder. Al fin y al cabo, nada malo podía pasar en una conversación telefónica, ¿no?

-¿Hola, Chad? -pregunté nervioso, a la vez que indeciso.

-¿Sam? ¡Cuanto tiempo! -saludó muy efusivo, como si me conociera.

-¿Nos conocemos?

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