Solo la noche me ayudará a escapar "Capítulo 6"

-      Sam, por favor perdóname –dije un poco avergonzado.
-      No se preocupe señor Misaki, fue mi culpa. Si me lo permite, me retiro –Se giró nuevamente para marcharse pero lo detuve del brazo, era la única distracción que tenía en la isla, y mi única oportunidad para escapar.
-      No me abandones –le rogué triste, me daban ganas de llorar la situación tan lastimosa que tenía que aparentar.
Y si, tenía planeado escapar. Aún no sé como ni cuando lo haré, pero lo haré, estoy seguro. Solo tengo que esperar a que Usagi baje la guardia y coger un barco de los que tiene que tener encallados por alguna parte de la isla, era lógica que a mí no me iba a dejar verlos ¿ten a tu presa lejos de la salida, no Usagi? A este juego íbamos a jugar los dos, no me iba a dejar asustar.

Al siguiente día desperté como ya era normal entre los brazos de Usagi, quien me tenía cogido con sus dos brazos pasados por mi cadera. Me quedé quieto, no tenía muchas ganas de levantarme, ¿para qué? ¿para qué hacerlo? Si mi día se iba a basar en cumplir los caprichos de mi captor y estar contemplando la bella pero monótona isla.

No tuve la intención hasta que oí un ruido en lejano comedor, ¡María había llegado con Sam! Me levanté lo más sigiloso que pude para que no se despertara y fui corriendo a ver al chico que últimamente me había hecho compañía.

-          Sam –saludé tímidamente, asomándome a donde estaba con su madre sin caer en cuenta que solo vestía unos bóxers de color negro mientras él unos bermudas de color naranja y una camiseta rosa abierta.

-          Señor Misaki –sonrió este mientras su madre abandonaba la sala para seguir en otra parte.

-          No me llames señor, no soy viejo –reí- podríamos salir a dar una vuelta esta tarde si quieres –sugerí mientras tocaba mis manos nerviosamente.

-          ¿Está seguro? Quiero decir, al señor Usagi no creo que le agradaría.

-          Espera, iré a preguntarle.

Volví corriendo a donde aún seguía durmiendo el conejo, parecía tan tranquilo, tan sereno como si nada le comiese la conciencia, ¿Cómo podía hacerlo mientras me había arrebatado toda mi vida? Teniéndome aislado del mundo en una isla a saber dónde.

-          Usagi san –dije moviéndolo levemente, despertándose un poco. Tallándose los ojos.

-          Buenos días pequeño –sonrió cínico, mientras me cogía del mentón para plantarme un beso que no pude evitar.

-          ¿P-puedo salir a dar una vuelta? –pregunté sin darle detalles, seguro que si lo hacía me lo negaría.
-          Claro, pero no vengas muy tarde. Hoy yo te prepararé el desayuno –respondió mientras se quitaba las sábanas de encima dejando ver su cuerpo tan trabajado, ese torso de revista y esas piernas largas y envidiables, solo calzando unos bóxers de color blanco que le ajustaban toda su zona íntima.
-          Gracias –agradecí para que se quedara contento.

Lo más rápido que pude me vestí con lo primero que pillé en la habitación, confundiéndome y poniéndome una camiseta de Usagi san que me quedaba bastante ancha, pero no me importaba. Llegué a donde me esperaba Sam, cogiéndole de la mano para salir velozmente de la casa.

Seguramente Usagi se enfadaría conmigo, pero necesitaba conocer la isla y descubrir donde tenía los barcos. Necesitaba encontrarlos si quería salir por fin de esa isla, para volver a recuperar mi libertad, mi ansiada libertad.


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